Leyendas

😳 Cuenta la leyenda...😳



"Es preciso que el mundo quimérico, cuando nos transportamos a él, nos desquite del mundo real".


  • LAS BRUJAS DEL CERRO DE LA GAVIA.

Por las noches, saliendo de la villa de Romita, hacía el poniente se ve el negro perfil del cerro de la Gavia. Tiene la apariencia de un animal gigante, dormido. En tienpos ya lejanos, ninguna persona en su sano juicio, transitaría por caminos aledaños al sitio auqel, por ingente que fuera su necesidad. El temor de la gente tenía fundamento. En ciertas noches, desde la lejanía, se observan luces de antorchas que aparecían moviéndose ora de un lado a otro, ora en círculos grandes o pequeños. Desde la hora nona hasta después de la media noche, se veían aquellos hachones encendidos en la falda del cerro que empavorecían a los humildes moradores de la villa. Con temor salían a la orilla del pueblo. Quienes no portaban crucifijos, hacían cruces con sus manos y las apuntaban hacia el siniestro lugar. Los hombres empuñaban sus machetes y cortaban cruces en el viento amenazando a la lejanía. Luego todos se santiguaban y metían en sus humildes chozas, desgranando rosarios, rezando el Alabado, atrancando bien las puertas; no salían hasta que la tierna luz de la alborada ahuyentaba las tinieblas de la noche. Detrás de las puertas de mezquite, sin faltar en ninguna, colgaban ya secas palmas benditas, pegadas a la Magnífica y estampitas de vírgenes y santos.


Todo mundo sabe que aquellas luces movedizas eran las brujas que celebraban una misa negra, un aquelarre, en el sitio horrendo, elegido por sus infernales designios. Solo el Diablo (escribo este nombre y los otros que tiene, con inicial mayúncula, hay que tenerle respeto, vaya a ser...) podría saber por qué se juntaban allí para celebrar sus ritos macabros. En cuanto aparecían las luces cerriles, las madres recogían a sus hijos y los escondían en los roncones más apartados e los jacales. Colocaban a un lado de las cuneras tijeras haciendo cruz, preparaban agujas sin ojos y alfileres sin cabeza. Porque la mayor maldad de aquellas malévolas luciferinas, era robar tiernas criaturas. Si una madre se descuidaba, su bebé ya no amanecía. La gente decía que las asaban y las comían, pero esto no era la verdad. Yo supe bien a bien, que ribaban las tiernas  criaturitas para elaborar sus brebajes satánicos.

Porque me lo han pedido, daré a conocer aquí a una de aquellas fórmulas secretas, advirtiendo al atendo lector o curiosa damita que por ningún motivo la pasen más adelante, guárdela sólo para sí; podría caer en manos de sabandijas y bellacos, lo que sería de fatales consecuencias. Quedan advertidos. No me hago responsable. De igual manera, correré el riesgo. Ahí va: El brebaje se prepara haciendo una mezcla, a partes iguales, de acónito, láudano, mielenrama, hojas de toloache, muérdago o arfueyo, cornezuelo de centeno, polvo de maíz de beleño y todo se bate con grasa de niño recíen sacrificado. "Mientras más tiernito, mejor". Todo se pasa a hervir en un perol y se bate, se bate, se bate. De las discípulas de Astaroth, atrapan al vuelo varios murciélagos, y los acechan al perol. Para eso necesitan los niños esas malvadas Gorgonas (en lugar de cabello, tienen viboritas y si usted se les queda viendo, le convierten en piedra).

Aunque usted no me lo pregunte, yo le diré que estas serpientes de los Siente Infiernos, siempre están acompañadas en sus madrigueras por varios gatos negros, que se mueven sigilosos, ronroneando. Cualquiera diría que esos morrongos son inofensivos. ¡Ah, pero no! En el cuerpo de cada micifuz, se esconde solapado un Demonio...



Si quieres continuar leyendo, puedes encontrar esta leyenda en: Josué Bedia Estrada, Noviembre 2022, Ecos de Lejanas Voces, Crónicas Romitenses de Tiempos Idos, Vol. 3, Imprenta Romita.


  • LA CRUZ DEL CIEGO.
Sucedió en las buenas tierras de la planicie que cuntodian los ranchos de Los Ocotes, San Ramón, Monte de Hoyos, La Colonia y la Muralla del Cadillal; al fondo ondulan las elevaciones de Las Lajas. Tierras feraces, manzana de discordia de los campesinos que en otros tiempos llegaban a las armas por la posesión de una parcela. En tiempos muy viejos, habían tenido un solo propietario, un rico leonés, don José de Austri, dueño del latifundio las haciendas ,ás extenso de León: La hacienda de San Juan de Gavia. De ésta se habían desprendido las haciendas dichas más la Tuna Agria y Vivorillas.
Habían pasado ya dos centurias, pero los más ancianos de los ranchos no olvidaban aquel suceso, sobrenatural o milagroso. Ya ve usted que hay cosas inexplicables, pero no por ello dejan de ser ciertas. Los misteriosos del Señor son infinitos. Hay cosas que se les dan sólo a quienes están en olor a santidad. Pero otras suceden a gente común, ni buena ni mala, como usted o como yo. Más o menos esto fue lo que le paó a aquel hombre, que no era ni santo ni virtuoso. A pesar del tiempo transcurrido ahí estpa la evidencia, usted la puede ver. Y no se le ha de encontrar explicación racional. 
Los abriegos todavía vestían de camisa largo y calzón blanco. Vivían en humildes chozas de adobe y carrizos, tejaban de palmas colocándole encima una gruesa torta de lobo, amasado con paja y estiércol, para darle dureza. No se cocinaba en el interior, el fogón siempre estaba afuera, para evitar un posible incendio. 

Don Arnulfo Juárez, nacido al mediar el siglo XIX, contaba a sus nietos que, siendo aaún joven, caminaba por aquellos senderos del Señor, recogiendo el polvo y sol de los caminos que le llevaron un atardecer a la ranchería de San Ramón, a cumplir un compromiso. Así llegó a la tiendita de Don Arturo, un señor de edad avanzada, que descansaba ya de su labor, sentado en el umbral de su modesto comercio. Todas las tardes, como de costumbre, estaba rodeado de pequeños a quienes coontaba relatos de lajanos tiempos.
Arnulfo se sentó a escuchar y lo que oyó se le quedó bien grabado en su mento y profundamente en su espíritu. La leyenda que refería don Arturo, decía que, en aquellos lejanos años, deambulaba por caminos y veredas un hombre ciego. No siempre había sido ciego, no era ciego de nacimiento, ni porque la viruela le haya supurado en sus ojos, como ocurría a otros, infelices víctimas del horrendo mal. No. Había perdido la vista por andar en malas juntas con gente de mala vida. Desde muy joven anduvo en la privanza, hizo parranda con toda laya de granujas y malvivientes y en una mala jugada perdió la vista. Arnulfo escuchaba absorto, al igual que los niños. El ciego ayudaba a la familia dando de comer a las chivas. Sentado daba de comer en sus manos a los trsviesos animalitos. Pero una mañana, estaba en el llano, solo, sentado, cuando oyó retumbar en el cielo algo como rayos y truenos que caían en seco. Asustado levantaba sus ojos secos, sin vida hacia lo alto; entonces vió una bola de fuego que decendía e lo alto; se formó una cruz de fuego que resplandecía sobre al manto azul del firmamento. La cruz de fuego cayó al suelo a gran velovcidad, y se estampó. Una cruz quedó grabada en la hierba. Pero la bola de fuego ascendió a las alturas nuevamente.
Entonces el ciego cayó en la cuenta de que había recobrado la vista. Que lo que estaba viendo era un milagro, algo portentoso, algo sobrenatural. Entendió que era un mensaje de Dios, que le daba su vista nuevamente. Agradecido, con lágrimas en sus ojos llenos de luz, imploró a Nuestro Señor Jesucristo, que si lo que veía significaba la salvación de su alma, que le dejara la vista. Que, si era para volver a pecar lo dejara ciego otra vez. Y así la claridad de sus ojos se envolvió en las tinieblas de la oscuridad. Volvió a quedar ciego. No volvería a ver jamás. 

Si quieres continuar leyendo, puedes encontrar esta leyenda en: Josué Bedia Estrada, Noviembre 2022, Ecos de Lejanas Voces, Crónicas Romitenses de Tiempos Idos, Vol. 4, Imprenta Romita.


















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